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lunes, diciembre 17, 2018

COLOMBIA - Así funcionan las ventas de uno de los negocios de moda más prósperos del país.




Así funcionan las ventas de uno de los negocios de moda más prósperos del país.


Joaquín Mauricio López Bejarano - jlopez@larepublica.com.co

Cualquier centro comercial del país quisiera tener la capacidad de convocatoria que tiene San Victorino en Navidad. Allí, 24 bodegas desde hace casi 30 años se abren en diciembre desde las 3:00 a.m. los miércoles y sábados para que miles de personas busquen pantalones, chaquetas, camisetas, etc. La mayoría no vio un anuncio en televisión o en algún periódico, simplemente sabe que la moda más económica de toda Colombia está allí.

El punto de encuentro más común es el Gran San, el primer lugar donde se reunieron los comerciantes para vender la ropa que ellos mismos hacían. Hoy en día, el famoso centro comercial que comparte espacio con el Parque Tercer Milenio, tiene 800 locales llenos durante todo el año, pero en diciembre se suma otro grupo de 500 personas que abre cada uno su propio puesto improvisado entre los pasillos y las escaleras.

Debido a que en esta temporada hay 1.000 personas por hora en el Gran San, según explicó su gerente, Yansen Estupiñán, los 800 locales venden casi $500.000 millones en el mes (20% aseguran se va en impuestos), y la cifra sube a $1 billón con el negocio que se mueve en los pasillos.



Hay que tener en cuenta que esa cifra es solo lo que se negocia en diciembre de puertas para adentro en el Gran San, porque las otras 23 bodegas, (aunque no hay forma de medirlo con exactitud) conforman un ecosistema de $3 billones aproximadamente, gracias a más de 10.000 vendedores.

El monto total, en una primera impresión es de no creer, pero una persona que decida ir al lugar y ver desde un punto alto las demás calles de San Victorino, puede notar que sin importar la hora o el día, los compradores parecen hormigas y es difícil caminar. Además, el alto tráfico no es solo por las personas del sur de Bogotá que van a buscar ropa, el Madrugón, como tal, se debe a los comerciantes que llegan de otras ciudades y municipios desde las 3:00 a.m. para tener la mercancía necesaria con la que pueden abrir sus tiendas fuera de la capital desde las 10:00 a.m.

La Agremiación de Bodegas de San Victorino reportó en 2017 cerca de 15.000 compradores del extranjero, principalmente de Costa Rica, Perú y Ecuador; y antes de la crisis de Venezuela, año a año se esperaban a otros 5.000 comerciantes que iban a comprar.

Estupiñán señaló que el nivel de visitantes se debe a los precios de fábrica y a la seguridad que se ha ofrecido a los compradores. “En nuestro caso, se hacen inversiones por arriba de $3.000 millones al año en vigilancia, circuitos cerrados y monitoreo permanente. Por todo esto tenemos las garantías para que, por primera vez, desde 2018 tengamos un madrugón XXL, que empezó el sábado 15 a las 3:00 a.m. y va hasta la misma hora del 24 de diciembre. Con esto, llegarán dos millones de personas”.

La Secretaría de Gobierno de Bogotá, señaló que San Victorino genera un mínimo de 40.000 empleos directos, no solo por vendedores en las bodegas, sino por quienes confeccionan las prendas en fábricas de Soacha.

Sin embargo, el presidente de Inexmoda, Carlos Eduardo Botero, llamó la atención sobre los niveles de economía informal que se pueden generar en este tipo de espacios y las ventas de San Andresito. “Por ejemplo, entre los estratos más bajos. Por eso se habla de que 60% del consumo es por informal y en el estrato medio 20%. Debe haber garantías para las empresas que están en regla”.

lunes, junio 05, 2017

Así se hicieron ricos los santuarianos y marinillos

Así se hicieron ricos los santuarianos y marinillos

TOMADO DE EL COLOMBIANO


Así se hicieron ricos los santuarianos y marinillos


Confites, cigarros y licores son otros negocios que han liderado los comerciantes del oriente de Antioquia en Medellín y otras ciudades del país. FOTO JAIME PÉREZ


POR JOSÉ GUILLERMO PALACIO | PUBLICADO HACE 3 HORAS



25.000 empleos directos e indirectos generan los santuarianos como comerciantes, en Cali.

80 % de los negocios de El Hueco en Medellín pertenecen a santuarianos y marinillos.


EN DEFINITIVA

El hambre sacó de sus pueblos a varias generaciones de santuarianos, marinillos y granadinos. En la venta de mercancías hallaron su redención y hoy dominan el mercado popular en el país.

En las familias de El Santuario, Marinilla y Granada nacían 18 hijos y más y todos se criaban con las migajas que sus padres les sacaban a sus “finquitas”, de una o dos cuadras, en las peores tierras de Antioquia, por efectos de acidez y aridez.

Hoy ese acto innovador, de lograr lo máximo con lo mínimo, hace de los comerciantes santuarianos, marinillos y granadinos el grupo más próspero del comercio popular en el país, como lo prueban las cifras y propiedades que manejan, y lo más sorprendente: se hicieron de la nada.

Las primeras generaciones de negociantes, años 40 y 50, salieron de sus minifundios acosadas por el hambre para rebuscarse el pan en las fincas cafeteras del suroeste de Antioquia, Caldas, Risaralda y Quindío.

Les siguieron otros parientes, en los 60 y 70, que se lanzaron a la calle como vendedores de baratijas en capitales y pueblos, luego desde los 80 aparecieron otros, que le dieron la vuelta al mundo para negociar en centros globales de producción de mercancías.

Salían, “aún orinándose en la cama”, con lo que tenían puesto, que era toda su riqueza; la bendición de sus padres y el consejo “manéjese bien mijo”, dice Luis Carlos Salazar, santuariano, quien a comienzos de los 60, a la edad de 12 años, dejó su familia atrás para “irse pa’ arriba”, en busca de un futuro mejor.

Comerciantes de la fe


Al Medellín de los 60 y los 70 lo exploraron ofreciendo legumbres, granos, espejitos, platos de losa del Carmen de Viboral, que estrellaban contra el piso y no se quebraban porque los sabían tirar; cuadritos del Corazón de Jesús, la Virgen María, la Última Cena y las Llamas del infierno en el Pedrero, del antiguo Guayaquil; Envigado y Sabaneta, mercados que recorrió Luis Carlos como vendedor de ilusiones y cuadros protectores y premonitorios.

Un año después probó suerte en Florencia, donde se habían instalado otros santuarianos y marinillos que lo acogieron. De allí emprendió su propia aventura, ya solo, para recorrer las plazas de Bogotá, Puerto Asís, Neiva, Buenaventura y Ecuador, de donde fue expulsado cuando comenzaba a hacer fortuna.

Si logró consolidar algo fue después de décadas de trabajo, dando vida a sus sueños, de sol a sol y más allá del sol.

Símbolo de estos pioneros del comercio popular está Iván Botero Gómez, quien en su adolescencia llegó al Quindío, en los 60, donde creó una incipiente empresa de muebles. Al ver que las cosas iban bien se llevó a los 14 hermanos que dejó en el pueblo y a todos los puso a trabajar.

Botero fortaleció una ruta de prosperidad que hoy lo tiene al frente de 14 empresas, algunas con sucursales en el exterior. En estas genera 2.000 empleos directos y 6.000 indirectos.

“Botero, Carlos Gómez, Eleazar Giraldo, Jaime Zuluaga, quien maneja 15.000 vendedores en el país, en su empresa Línea Directa, y otros empresarios que están en la cúspide de los negocios, alcanzaron sus fortunas como recompensa a décadas de trabajo, pero hoy es fácil encontrarse comerciantes, algunos con menos de 30 años, amasando fortunas incontables.

A algunos de los últimos se les reconoce por sus excentricidades, sus caballos de paso fino, sus carros de alta gama y sus vivas a Dios, el Corazón de Jesús y Nacional en el éxtasis de sus parrandas de aguardiente, cuando regresan a celebrar al pueblo en las Fiestas del Retorno”, comenta Rodrigo Vargas o “mono Vargas”, quien ha escrito varios libros sobre su pueblo.

Un camino no santo

Los comerciantes santuarianos se atribuyen el arte de hacer plata en los negocios gracias a su descendencia judía y ser bendecidos, de manera directa, por el Sagrado Corazón de Jesús.

El mono Vargas, a quien también se le conoce como el “embajador de El Santuario en Alemania”, donde pasó tres años en prisión por un yerro de juventud, si bien defiende el origen judío de su pueblo, pone en duda que sean tan creyentes y que por ello reciban favores del cielo al momento de hacer sus negocios.

Más bien se la juega por la tesis de que la mayor parte de su grandeza como comerciantes no está sustentada en su espíritu cristiano, sino en un pasado de contrabandistas, actividad en la que han sido protagonistas desde la época de la Colonia, moviendo toda suerte de mercancías como arrieros y cargadores de lo que llegaba a tierras ingobernables.

De hecho, en las décadas del 20 y el 30 de El Santuario surgieron algunos de los capos del contrabando de tabaco, sal y licores. Testimonio de ello fue la “batalla del aguardiente”, librada en la plaza principal del pueblo, el Sábado Santo de 1929, la cual dejó regada sobre el empedrado la sangre de 10 santuarianos contrabandistas y la del comandante de Rentas.

Entre esos muertos aparecen los hermanos José Delio, Luis Enrique y Eugenio Antonio Ramírez, todos tíos del “mono Vargas”, cuyo taller de carpintería en El Santuario, que funciona más como sitio de tertulias que como restaurador de muebles, tiene como uno de sus lujos una fotografía de los tres difuntos, más uno de sus amigos de andanzas, todos luciendo cachaco, corbata y sombrero a la moda, al mejor estilo del mafioso americano Al Capone, en sus tiempos de fechorías en New York y otras urbes americanas.

La capital

En peores condiciones a las que se movían en El Pedrero, con sus miserias en una cajita de cartón, toda una generación de santuarianos, entre los 12 y los 20 años, se embarcó con el sueño de hacer plata en la capital del país por la autopista Medellín - Bogotá, que cruzó el pueblo en los 80. Casi todos viajaron como piratas en camiones, acomodados sobre cajones y cajas de tomate o bultos de papa, para luego regresar a su pueblo en carros último modelo y bañados en oro y otros lujos.

“Llegaban solos, no les importaba si a arrastrar una carreta o tener que juntarse 20 muchachos en una pieza para ahorrar y acompañarse, pues la solidaridad entre santuarianos siempre ha sido alta”, comenta Juan Pablo Giraldo, quien hoy hace parte de una próspera empresa en El Hueco.

La suerte les sonrió a los santuarianos Javier Botero, Obdulio Zuluaga y Víctor Vargas, quienes fundaron el primer sanandresito por los lados de la plaza San José. En el comercio la ventaja la lleva quien rompa con toda fuente de intermediación. Por ello, una vez reunían algún capital importante se iban a mercar a San Andrés, Maicao y el puerto libre de Colón, en Panamá.

En estos mercados entendieron que los mismos solo funcionaban como tránsito de mercancías y decidieron ir más allá, al lugar donde nacían las mercancías, dice Lina Vargas, santuariana, con pregrados en Ciencias Políticas y Comunicación Social y estudiosa de este trasegar. Así comenzaron sus excursiones como compradores a Nueva York y luego a Taiwan, Corea y China. Hoy exploran el mercado de la India.

Colonia en China

En 1976, el señor Luis Gómez se convirtió en el primer ‘Marco Polo’ santuariano que le dio la vuelta al mundo para mercar en China, un país remoto del que nada se sabía en el pueblo y del que se sigue sin saber nada más allá de que es un gran centro de producción de mercancías.

“Luis Gómez ni siquiera sabía cómo se saludaba en chino y para su viaje se dotó de la única herramienta que consideraba realmente útil para lo que él iba a hacer: una calculadora, con las tres operaciones básicas, suma, resta y multiplicación”, dice el mono.

En el pueblo se afirma que se hizo acompañar de un traductor que le escribía en la calculadora el precio del producto que le gustaba, cifra que le servía para, casi de manera instintiva, regatearlo por caro.

Detrás de don Luis partieron otros orientales antioqueños y luego tantos otros que los chinos comenzaron a buscar en los mapas o a preguntarles dónde quedaba la “república de El Santuario”, dice don Luis Carlos.

Todo se aclaró el día que el primer chino, como socio de un santuariano, visitó el pueblo y comprendió que tal mercado no era para la “república de El Santuario”, que este se extendía por toda Colombia e incluso a otras naciones como Venezuela, Perú y Ecuador.

Antes, cuando una persona decidía dejar su pueblo para buscar fortuna en Bogotá, se reunía toda su familia, rezaban el rosario e iban a misa para que la suerte los acompañara y el Sagrado Corazón de Jesús no les fuera a fallar. En la actualidad son tantos los que viajan o han viajado a China, que cuando parten para este país ni siquiera le hablan a nadie del “viajecito”.

Hoy cuentan con colonias en urbes chinas, como las tienen en Bogotá, que supera a su colonia en Medellín, y, al menos, en otras 15 capitales colombianas, donde dominan el comercio popular.

En el gigante asiático son protagonistas como compradores en la ciudad de Guangzhow, de 12,5 millones de habitantes, uno de los emporios industriales y comerciales del país, con más de 7.000 hoteles y fundada 300 años antes de Cristo.

También en Yiwu, megaciudad que cuenta con el mercado de mercancías más grande del mundo, y la capital del dragón, Beijing, con 21 millones de personas, donde la colonia tiene una sede, en el centro de la ciudad, con un cuadro del Corazón de Jesús en la sala principal.

“Dígase lo que se diga, de todas formas hay que quitarse el sombrero frente a personas que pese a que escasamente garabatean su nombre en español, terminan en China negociando en mandarín y gestionando toda suerte de documentos para sacar las mercancías de ese país y luego introducirlas a Colombia”, argumenta Juan Manuel Hoyos, comerciante en el pueblo.

Poder en Colombia


Así, los descendientes de quienes vendían legumbres en El Pedrero y fantasías en fiestas y plazas de pueblos, en este momento, solo contando su plata menuda, aparecen como líderes de un imperio comercial popular que los hace propietarios de la mayoría de los sanandresitos del país y más de la mitad de los negocios del populoso sector de San Victorino, en Bogotá, el cual se extiende por varias calles y avenidas.

En Medellín poseen más del 80 % de los negocios de El Hueco, con edificios incluidos; tienen numerosas empresas de maquila y son reconocidos como los más grandes comerciantes de la Central Mayorista; en Cali en sus empresas y centros comerciales generan más de 25.000 empleos directos e indirectos; su poder se extiende por el resto de capitales, ciudades intermedias y grandes pueblos donde manejan centros comerciales, tiendas, supermercados, centros de abastos de granos y víveres y en su pueblo parece que fueran más los negocios y las microempresas que las casas de habitación.

Hasta el gobierno de César Gaviria, que abrió las fronteras patrias al comercio y la industria mundial, “quienes compraban una paca de cigarrillos, baratijas al marinero que llegaba al puerto de Buenaventura, o llenaban contenedores con mercancías en cualquier lugar del país o el mundo lo hacían bajo el convencimiento de que esa mercancía pasaba porque pasaba, toda vez que eran pocos los que pagaban impuestos y eran maestros en comprar funcionarios o manejar rutas”, dice Luis Carlos.

La situación era tan compleja que quienes dominan esta historia desde el comercio organizado afirman que si la industria nacional sobrevivió en esos tiempos fue por la tenacidad propia de los industriales o porque alguna luz llegó de la bendición del Sagrado Corazón de Jesús en décadas de gobiernos ausentes e indiferentes frente a la invasión de mercancías chinas, coreanas, japonesas, taiwanesas o americanas.

En este momento no falta el que sigue jugándole al contrabando, con el argumento de que eso es “defensa propia porque el gobierno se quiere quedar con todo”, pero “la mayoría trabaja de manera legal.

Nuestros viejos eran comerciantes, nosotros somos empresarios, con carreras universitarias, muy organizados y apostándole a emprender nuevos proyectos, incluso por fuera del negocio de las mercancías”, argumenta Giraldo.

El Santuario chino

La historia tiene sus ciclos y si antes los orientales de Antioquia explotaron el comercio chino y se jactaron de su ingenio paisa o judío, ahora son los chinos los que hablan español y están monopolizando el mercado local y los están sacando a ellos de los grandes centros comerciales de Bogotá por las facilidades que les brinda el gobierno y el manejo de sus propias factorías, comenta Juan Carlos.

En Medellín son israelíes los que aparecen como propietarios de numerosas bodegas y productos de El Hueco.

Ahora las familias santuarianas y marinillas viven como chinos, arrumadas en pequeños cuartos para abrirles espacio a talleres de maquila que acomodan donde sea y en cientos de apartamentos diminutos que crecen por todos lados, gracias a que sus comerciantes decidieron meter parte de su plata en proyectos inmobiliarios, copiados al gigante asiático.

Pero por más centros comerciales que creen, por más almacenes de dos por dos metros, de $400 millones cada uno que posean y por más países y mercados que conquisten para hacer dinero el santuariano, en su esencia, sigue siendo el mismo: “Arracacho, con voz y dichos de montañero y a la espera de que lleguen las Fiestas del Retorno para volver a su pueblo a emborracharse con aguardiente en sus caballos de paso fino, en los que invierten grandes fortunas y a celebrar en nombre del Sagrado Corazón de Jesús y vivas a Nacional.

Su mundo en el comercio es tan abierto que si bien los primeros regresaron para morir en su pueblo, la segunda generación morirá en algún gran pueblo o ciudad colombiana y la última, la que está en curso, convencida como muchos de sus ancestros de que la plata es el fin y no un medio para vivir mejor, dejará sus huesos o cenizas en algún cementerio asiático, donde quien les lleve flores no sabrá siquiera cómo se pronuncian sus nombres.

lunes, diciembre 09, 2013

En ropa de moda, no todo lo barato es chino


En ropa de moda, no todo lo barato es chino

San Victorino
San Victorino, el corazón del comercio popular en Bogotá, donde van y vienen compradores.

Con accesorios como el 'levantacola', empresarios colombianos le ganan el pulso a productos chinos.

Pese a que en el mundo del comercio y el consumo se habla de una aplastante y, casi imbatible presencia de los productos chinos como sinónimo de bajos precios, empresas colombianas fabrican productos que dan la batalla en las góndolas y compiten de ‘tú a tú’ por conquistar consumidores.
Eso es lo que se ve ‘en vivo y en directo’ en el sector de San Victorino, el corazón del comercio popular en Bogotá, donde van y vienen compradores y comercializadores con montones de productos que van desde juguetes, sábanas, artículos navideños y del hogar, cobijas, pijamas, ropa interior, medias, cinturones, accesorios, camisetas y jeans.
En especial, en la ropa se funden marcas nacionales e importadas de Asia, que compiten con precios bajos y facilitan la posibilidad de compra de la población de escasos recursos. Pululan en los pasillos llenos de mercancía consumidores que no quieren que les coja la noche para las compras de la Navidad, pero que tienen claro que, con poca plata, deben comprar los regalos y la 'pinta' del 24 y el 31 de diciembre, como es costumbre.
También circulan los mayoristas que necesitan abastecer locales de barrio o de municipios cercanos a la capital.
Por eso, en una canasta de un almacén de esa zona de la capital se pueden encontrar medias para niña de fabricación nacional por 1.900 pesos, al lado de un producto de la misma línea por el mismo precio ‘made in Indonesia’. La docena, al por mayor puede salir en 18.000 pesos.
En materia de pantalones, un joven apostado en un descanso de las escaleras del GranSan, el centro comercial de la zona, explica que su oferta tiene jean marca propia DOM para niño a 24.000 pesos la docena, en tanto que uno importado puede estar en los 28.000 y si es un camuflado “chino del bueno" cuesta 30.000 pesos.
Dice que están disponibles todas las tallas y que no hay manera de ir a la fábrica del empresario que hace la marca propia, porque todo el trabajo es con satélites, es decir operarios independientes.
Medallo Jean’s, otro local de San Victorino, es un punto de un distribuidor autorizado para vender al por mayor y al detal la marca Axs Anexos. Allí, la vendedora explica que el panorama de las ventas de las confecciones colombianas mejora últimamente porque sus precios son inferiores frente al precio de los jeans chinos, que ahora tienen que pagar más impuestos por las prendas que entran por Panamá, en referencia al polémico Decreto 074 que no ha tenido buen recibo de parte de los grandes comerciantes.
Muchos, distribuidores y clientes finales, logran mejores precios con los madrugones, jornadas de miércoles y sábado de 4 a 10 de la mañana en las que sobresale el movimiento de los negocios en efectivo.
'Levanta cola sube las ventas'
Pero lejos de la coyuntura, lo que hace que el jean en particular, de marcas criollas, compita sin temores con los productos que vienen de China, es el mágico ‘levantacola’, un componente de la prenda que logra el realce femenino.
Así lo dice la joven empresaria Andrea Ramírez, propietaria de la firma AR Fashion Group, que desde hace siete años empezó a participar en el negocio del diseño, la fabricación y el comercio del jean. Dice que pese a que es criticado por ser el símbolo de la cultura ‘traqueta’ es una bendición para los confeccionistas, porque los chinos no han podido copiar esa particularidad. En Colombia y en Brasil es donde más avanzada está el desarrollo del jean con ‘levantacola’.
El molde colombiano, acompañado de un desarrollo productivo de bajo costo, con materiales económicos pero de calidad –incluso traído de la propia China- ha contribuido al crecimiento de las marcas colombianas. Esencial Jeans y Motley Jeans son sus marcas ‘reina’ para dama. Y acaba de sacar al mercado una línea dirigida al consumidor adulto que incluye jeans de tiro alto, blusas y chaquetas.
“Competir con el producto de China es la idea, y se ha logrado”, dice la empresaria que tiene dos locales en el Gran San y se alista para abrir en tres centros comerciales de la capital, aunque ya opera en Centro Mayor, en el sur de Bogotá. Su producción anual es de 150.000 a 200.000 unidades, generando 65 a 70 puestos directos y unos 200 indirectos.
En camisetas, la empresaria Mónica Morales, quien también vende en el GranSan, tiene su marca Nun-k para hombres y Monedita de Oro para las mujeres. Además de la capital, también tiene sus productos en el popular Hueco de Medellín y en el centro de Cali.
La posibilidad de ajustarse a la moda ágilmente e innovar en diseños y materiales hace que el público prefiera el producto nacional, porque la oferta china está sujeta a la llegada de los contenedores que arriban con cupo completo y se comercializan hasta agotar existencias cada dos o tres meses.
Señala que con el paso del tiempo se tuvo que importar materiales de Perú, en vista de que la tela de ese país ofrecía unas 20 tonalidades diferentes a las que proponían los textileros colombianos.
“En mi línea de productos se puede competir con la producción china”, concluye la empresaria líder del Grupo NK.
Visión de experto
Camilo Herrera, miembro del Observatorio Económico de Inexmoda y presidente de Raddar, explica que el negocio de la ropa no se escapa de las importaciones asiáticas, pero a diferencia de líneas como la juguetería, el mercado local tiene cómo competirle con precio, calidad, moda y velocidad de producción en prendas que estén de moda.
Desde su perspectiva, “la gran competencia se ve en productos básicos como camisetas, jeans clásicos y calzado”. Igualmente, destaca que se identifica en el consumidor colombiano preferencia por la producción local de marcas no tan conocidas en los tradicionales centros comerciales y menciona los casos de Tarrao (ropa interior), Xceso, LoJeans, Ushuaia y Truccos, entre otros.
Constanza Gómez G.
Redacción de Economía y Negocios