jueves, mayo 26, 2005

“Soy el David que redefine las reglas de competitividad” - Gunter Pauli


Vale la pena leerlo...

“Soy el David que redefine las reglas de competitividad”

Jorge Emilio Sierra Montoya - Director LA REPUBLICA

Gunter Pauli, uno de los más destacados líderes de la ecología en el mundo y ganador del que por una de ellas recibió el Premio Mundial del Medio Ambiente, concedido por la Organización de las Naciones Unidas.

Gunter Pauli, uno de los más destacados líderes de la ecología en el mundo y ganador del que por una de ellas recibió el Premio Mundial del Medio Ambiente, concedido por la Organización de las Naciones Unidas.

“Nunca he sido empleado de alguien”, dice en un español fluido, nada sorprendente si sabemos que este belga, residente desde 1994 en Japón, es políglota y verdadero ciudadano del mundo, siendo Colombia uno de sus países predilectos.

“Más que empresario, soy emprendedor”, aclara. A Gunter Pauli le gusta, pues, montar empresas, sobre todo aquellas que son completamente novedosas, nuevas en el mercado, sin antecedentes a lo largo y ancho del planeta. Las sabe administrar, además, dado su título de MBA tras graduarse como economista.


“Monté siete empresas. Dos se quebraron y cinco fueron muy exitosas”, agrega, no sin recordar que por una de ellas recibió el Premio Mundial del Medio Ambiente, concedido por la Organización de las Naciones Unidas –ONU-.


Una empresa producía jabones, jabón biológico, “muy famosa en Europa”; otra, una casa editorial; otra más, productora de video y audio; otra, que competía en información on line con Fortune Finance, previas alianzas con la prensa financiera europea; y la última, de tipo cultural, que ofrecía conciertos con instrumentos originales de los siglos XVII y XVIII, sólo en sitios y fechas históricos, adonde concurrían gentes del mundo entero.


La cultura, entonces, se volvía en sus manos un buen negocio, aprovechando obviamente las oportunidades que en su concepto son muchas. “Yo sólo las descubro”, confiesa.


Hasta que le llegó el momento “del choque”. Corría el año de 1993, cuando la prensa internacional lo catalogaba entre los empresarios jóvenes más exitosos…


Momentos de crisis


“No es una fábrica sino una catedral”, dijo la CNN al hablar sobre su empresa de jabones, la cual se distinguía por su enorme construcción de madera con techo verde, sembrado en pasto, que entonces era la gran novedad en el viejo continente.


Lo era, sí, por su arquitectura, pero también por los altos costos de la obra que luego fueron compensados con el ahorro de energía, recuperando la inversión inicial en once meses; por su publicidad reciclada, “que expresaba la angustia general contra la contaminación”, y sobre todo por la alta participación que en poco tiempo alcanzó en el mercado, enfrentada a firmas tan poderosas como Unilever y Procter & Gamble.


Era, en fin, David enfrentado a Goliat. Y ganaba, de nuevo, el combate. “Siempre estoy convencido –afirma- que David gana, siempre y cuando no acepte las reglas de Goliat”.


“Yo soy el David que redefine las reglas de la competitividad”, sostiene con entusiasmo.


Un entusiasmo que llegó a su máxima expresión con el premio de la ONU, precisamente por esa fábrica, pero que se fue a pique en 1993, cuando se reunió en Indonesia con los proveedores de su materia prima, el aceite de palma africana.


Y es que en aquel viaje comprendió que su elevada competitividad, la cual le permitía obtener cuantiosos ingresos para financiar su campaña de descontaminación o limpieza de los ríos europeos, se lograba a costa de la destrucción de un millón de hectáreas de bosque tropical en el lejano país asiático, adonde compañías multinacionales sembraban los cultivos de palma africana.


“Yo era responsable de la terrible destrucción de la naturaleza”, admite con dolor.


No lo pensó dos veces para arrepentirse de su error, del que al principio no era consciente. Fue a la ONU, lamentó que le hubieran dado un galardón que consideraba a todas luces inmerecido, negó aquí y allá que fuese de veras un empresario ecológico exitoso, y decidió vender de inmediato sus empresas, aunque muchos lo criticaran y tildaran de excéntrico.


En 1994, al concluir tan difícil proceso, Gunter Pauli era otra persona. Es como si hubiera nacido de nuevo.


Cero emisiones


Fue cuando nació Zeri (Zero Emissions Research and Initiatives), organización orientada –como dice su nombre- a cero emisiones, cero contaminación, cero desechos, de modo que nada se desperdicie en los procesos de producción.


Se trata, en fin, del máximo aprovechamiento de los factores productivos (materia prima, mano de obra y capital), lejos de darse lo que sucede por ejemplo en la palma africana, donde la industria, interesada sólo en el negocio del aceite, desperdicia materia prima que puede servir para mejorar la salud de los niños y artículos de cosmética para las mujeres.


Elevar la productividad, mejor dicho. Al ciento por ciento, tanto en sólidos y líquidos como en gases, dentro de un nuevo sistema empresarial y un original modelo de desarrollo que permiten alcanzar grados elevados de competitividad, indispensables en el marco de la globalización y el libre comercio en boga.


La propuesta en tal sentido fue presentada por él en Europa y Estados Unidos, sin recibir ninguna acogida. En cambio, Japón le abrió las puertas, no sólo en el gobierno sino en el Consejo nacional de la ciencia, y un respaldo similar obtuvo de la ONU, de la Academia de Ciencias de Suecia (¡que concede los premios nobel!), y de numerosos científicos de los cinco continentes, a partir de dos conferencias suyas transmitidas por internet.


Zeri es, por tanto, una red de científicos preocupados más por el desarrollo de sistemas que de productos. Son alrededor de cinco mil ingenieros, biólogos, químicos, físicos…, que comparten la filosofía de cero emisión y desarrollan proyectos de investigación con miras a la actividad productiva, en ocasiones con el apoyo de las mismas empresas.


Así, en Japón 2.800 firmas suscribieron el objetivo de Zeri, según el cual nada de su producción va al relleno sanitario, como desechos industriales, sino que estos se usan en la elaboración de nuevos productos, dentro de la citada productividad de las materias primas.


El vidrio de los carros, verbigracia, tiene entre sus componentes un policarbonato de óptima calidad, que se emplea en la producción de computadores y teléfonos, el cual puede aislarse a través de un proceso de granulado y vibración. También se puede utilizar la espuma de vidrio en el sector de la construcción, que es –según Pauli- otro negocio.


O el grano de café, del que sólo se aprovecha 0,2% para la bebida mientras el 99,8% restante son residuos que terminan contaminando nuestros ríos, cuando podrían servir para el cultivo de hongos tropicales, los cuales generan mayores ingresos a los caficultores.


“Son nuevos negocios”, insiste. Que no contaminan. Y que para emprenderlos no exigen sino que nuestros empresarios abran sus mentes, cambien las reglas a que se han sometido de tiempo atrás o, en definitiva, “rompan la caja” para citar el título de su más reciente obra, lanzada durante la pasada Feria Internacional del Libro en Bogotá.


¡Rompa la caja!


Hay que romper la caja, insiste. O sea, romper las reglas, salirse de las que imponen las compañías más grandes (Goliat, en su jerga), demostrar que las pequeñas empresas también pueden triunfar (David, en la historia bíblica) y, sobre todo, lanzarse a la aventura de crear nuevos negocios, si bien con el debido apoyo científico como el que ofrece Zeri.


Volvamos al caso del café. Quienes siguen en el negocio tradicional no salen de la caja, condenados acaso a la crisis mundial de la caficultura; otros, en cambio, pueden pensar “por fuera de la caja”, en otros negocios, a partir de los residuos o desechos, los cuales sirven para que los hongos tropicales se desarrollen con un alto nivel de crecimiento por el contenido de cafeína y la altura privilegiada (de 1.300 a 2.000 metros sobre el nivel del mar) de la zona cafetera.


¿Mera utopía? No. Algunas fincas del Quindío ya incursionaron en tal sentido hasta el punto de que sus productos se venden en prestigiosos hipermercados, como Carrefour.


O el caso de las algas marinas, cuyo cultivo se podría extender en nuestros dos océanos, como lo hizo Brasil a partir de una conferencia suya, de Gunter Pauli, acá mismo, en Colombia, con base en la cual se convirtieron en los mayores productores de algas del mundo.


O el caso de la guadua, del bambú, que permite desarrollar múltiples negocios, incluida la exportación que se empieza a hacer desde Armenia, donde algún científico criollo, con visión empresarial, inventó un horno de bajo costo para la preservación natural, usando el humo y el jugo de la guadua que en nuestras tierras del Viejo Caldas suele crecer silvestre.


“Allá se están vendiendo –observa con entusiasmo- guaduas ahumadas, a un precio mayor, hacia los mercados de Estados Unidos y Europa”.


O la producción de biogas deriva del estiércol de cerdos, el cual sirve a su vez para producir ciertas microalgas cuyos componentes se utilizan para alimentar a los mismos cerdos y a peces, como se viene haciendo en alguna finca de Pereira, modelo para otros empresarios del campo.


O la bella experiencia de Gaviotas, de Paolo Lugari, quien demostró que tierras estériles o pobres pueden convertirse en grandes centros productivos, además del desarrollo de nuevos productos como el biodiesel a partir de la palma africana


En general, Gunter Pauli considera que la mayor riqueza de Colombia es su biodiversidad, la cual debemos aprovechar con auténtica visión empresarial, por razones tanto económicas
como sociales, dados los elevados niveles de pobreza de nuestra población.


“He ahí la responsabilidad social empresarial que no se puede eludir”, sentencia.


“Pero, el apoyo estatal y empresarial no es suficiente”, aclara. Y explica: la clave está en la educación, en la formación de profesionales integrales, no de simples especialistas, quienes a su vez rompan la caja de la enseñanza tradicional, según modelos extranjeros, a la manera de los científicos que conforman la red mundial de Zeri.


De ahí que él mismo esté vinculado a universidades como el Cesa, donde dicta cursos o conferencias sobre estas ideas, robándole tiempo a sus charlas para empresarios, entrevistas a la prensa, lanzamientos de sus libros y, en general, la apretada agenda que cumple cada vez que nos visita.


El modelo propio


“Ustedes no necesitan –dice en tono crítico- a un Jeffrey Sachs u otros especialistas extranjeros para que les digan donde son competitivos. No. Ellos tienen modelos adecuados a sus países, a Estados Unidos, a Goliat, a sus grandes empresas, mientras acá abundan en cambio las empresas medianas y pequeñas”.


Propone, entonces, un modelo de desarrollo propio, adecuado a las circunstancias locales, que aproveche fortalezas como la biodiversidad, la calidad de nuestra clase empresarial y el propio tamaño reducido de las compañías, las cuales pueden ser tan competitivas como el David que venció a Goliat.


Y un elemento final, que destaca con insistencia: nuestros empresarios deben aportar a la solución de los problemas nacionales, encabezados por la violencia. ¿Cómo? Volviendo al campo para recuperarlo a través de sistemas productivos como los proyectos de guadua, café, etc., condición básica –agrega- para conquistar la paz.


“¡Rompan la caja!”, insiste.

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