lunes, octubre 17, 2005

Einstein, 50 años después



Disléxico, vegetariano, judío y alemán, por más señas

Manuel Carreras *

TOMADO DE EL ESPECTADOR - COLOMBIA

Este hombre de un metro con setenta de estatura, várices, 76 años y un incorregible cabello blanco, que creía firmemente en que bañarse y afeitarse con el mismo jabón hacía la vida más fácil, y que, por lo mismo, terminó por desechar los calcetines por considerarlos un adminículo innecesario, cumple este lunes 18 de abril 50 años de muerto, y, en junio próximo, cien años de cuando escribió, con sólo 25 años, un ensayo de 37 páginas que revolucionó el mundo de la física.
Cuando nació Einstein el mundo era poblado por una materia fantasma, el éter, una sustancia que los físicos antecesores encontraban como la única explicación posible para interpretar el comportamiento de la luz y las ondas electromagnéticas-, y por la mecánica, como garantía de que todo aquello que sucedía era la reacción de una acción previa, y tal vez por eso previsible.
Un mundo mecanicista y, en pleno despunte del siglo XX, poblado todavía por el influjo de fuerzas divinas e inexplicables.
Pero este monje loco tenía su propia lectura de la Biblia: "en el principio Dios creó las leyes del movimiento de Newton, al tiempo que la masa y fuerza necesarias para hacerlas interactuar". Era su propio Libro del Génesis.
Desde joven su mente brillante lo convirtió en un alumno indeseable, expulsado de varios colegios, hasta el punto que detestaba el sistema educativo formal, al que calificaba como frustrante y orientado a reducir las posibilidades de creación, en el momento en que la creatividad podía dar más de sí.
Pero no fue el único frente de batalla para este hombre combativo, que a un tiempo fue pacifista y promotor de la bomba atómica, judío y militante de la causa palestina, el físico que proclamó, en el nacimiento de la perspectiva científica, que la materia también podría comportarse como la luz: unas veces como partícula y otras como onda.

Una herejía


Y esa fue, también desde luego, una perspectiva que nunca perdió, proveniente como era de una cuna impregnada con los valores de la cultura judeo-cristiana. Inmerso en numerosas discusiones por la relación dialéctica ciencia vs. religión, encontró una simbiosis ecléctica para ambas: "la ciencia sin la religión está coja y la ciencia, sin la religión, ciega."
Este hombre prolífico en ideas y logros, dejó poco rastro sobre sí mismo, porque creía que, dificultad más o dificultad menos, la cotidianidad de todo ser humano es similar –"si crees tener problemas con tus operaciones matemáticas, ni te podrás imaginar los míos"- , y creía por eso que lo importante sobre un ser de sus características era "en qué piensa y cómo piensa, no en lo que hace o padece".
En alguna ocasión dijo Einstein que su gran cualidad, producto posiblemente de su acercamiento temprano a la geometría, era que su relación de pensamientos se daba en tres dimensiones, visualizaba los símbolos-palabras, no como un concepto abstracto, sujeto a encadenar, sino que la idea se le representaba en el cerebro como un cuerpo cierto, al que podía por tanto observar rotándolo en su mente, y por eso mismo, con la posibilidad de detenerse en cada una de sus aristas, peculiaridades, aislada en su concepto y que por tanto podía desensamblar como un reloj.
Para ello Einstein escapó de la que llamó la "máquina educativa tradicional", seguramente no lejana a la que concibiera Pink Floyd para su película The Wall.
Luego venía la otra complicación, liberarse de las cadenas de la formación tradicional. A los doce años -según escribió en un breve ensayo que hizo sobre su vida para la Northwestern University-, comprendió que muchas de las afirmaciones contenidas en La Biblia no podrían sostenerse, y de esa experiencia se derivó un concepto, que la juventud es engañada con mentiras, y de allí surgió la sospecha que siempre mantuvo sobre toda autoridad.
Esta experiencia, recuerda Einstein, lo liberó de la senda hacia el paraíso, lleno de comodidad y recompensas, pero le abrió otro camino: detenerse en la naturaleza, con su belleza y complejidad, al menos parcialmente accesible a la experimentación y el pensamiento.
Pero al mismo tiempo le asaltaban nuevas experiencias, la provocada por su padre, cuando le regaló un brújula, al que veía como un aparato tan alejado del comportamiento de la naturaleza, pero capaz en cambio de abstraerla y representarla, lo que lo puso en contacto con la idea de "concepto".
Tenía, cuenta Einstein, no más de cinco años, y siete años más tarde un tío le regaló un libro sobre la geometría euclidiana. Lo maravilló, por ejemplo, que una abstracción que concluía que la intersección de las tres altitudes de un triángulo en un punto, aunque no visible, podía ser probado más allá de cualquier duda, con una fórmula matemática.
"El axioma que debía ser aceptado no me incomodó", y a partir de ese momento los objetos con los que trabaja la geometría tomaron en su mente las mismas peculiaridades de aquellos que conocía por la percepción sensorial.
De esta experiencia hizo una primera división, la de sentido y contenido, a la que luego sumaría la condición de belleza estética como exigencia para considerar cierta una afirmación científica. "La ciencia y el arte tienden a fusionarse en la estética: las dos son plasticidad y formas".
Y algunas de las claves que encuentra en la estética de una formulación –y e= mc² es probablemente la más simple y bella de todas- las resume también en valores sencillos: la teoría no puede contradecir hechos empíricos, debe ser caracterizada por simplicidad lógica y debe contener perfección en sí misma.

Dios está en los pequeños detalles


Pero si en todos los campos este anciano precoz luchó contra la lógica formal y las reglas convencionales del pensamiento y sus representaciones, fue en los temas religiosos donde debió debatirse, con creativa obsesión.
Aparte de los textos y aforismos más conocidos de Einstein sobre Dios y sus criaturas –Dios no juega a los dados, dijo en una ocasión, y lo ratificó Woody Allen con precisión: juega a escondidas-, las pruebas de su preocupación por armonizar el presunto conflicto entre ciencia y religión se encuentra en múltiples de sus escritos, en especial "El sentimiento cósmico religioso", donde individualiza el ámbito de cada una y, por eso, arguye, si andan por su respectivo camino, no tendrán por qué pisarse los sagrados callos de la confesión personal.
Las premisas son sencillas: el método científico es incapaz de enseñarnos nada por encima y más allá del modo como se interrelacionan los hechos. El conocimiento de la verdad es algo maravilloso, pero sirve tan poco de guía orientadora, que ni siquiera alcanza a justificar y a demostrar el valor de la misma aspiración al conocimiento de la verdad.
Donde coinciden ambas aspiraciones es en el punto donde un buen científico busca alcanzar el desarrollo libre y responsable, de modo que sea capaz de poner sus energías libre y alegremente al servicio de la humanidad, y el que el religioso logra liberarse de los grilletes de sus propios deseos egoístas, y alienta pensamientos, sentimientos y deseos de carácter suprapersonal. Ese es el punto de intersección: la alegría se halla en dar. Perseguir, agrega, lo Bueno, lo Verdadero y lo Bello.
Pero el corolario de su argumento es menos conciliador: la ciencia no sólo es capaz de purificar el impulso religioso del facilismo de su peculiar antropomorfismo, sino que contribuye también a espiritualizar de forma religiosa la propia comprensión de la existencia. Este, dice Einstein siguiendo a Spinoza, es el camino de las más encumbradas metas.
Por eso veía Einstein a un Dios sutil pero no malicioso, que se revelaba en las pequeñas cosas.
Y así como maneja la metáfora para hacer un sincretismo de religión y ciencia, también recurría a ella para formular sus leyes físicas, como cuando explicó que la ley fotomecánica establece que el efecto fotoeléctrico no sólo prohibe la muerte de dos pájaros con una piedra sino la muerte de un pájaro con dos piedras.
La misma actitud que mostró con ocasión de la muerte de uno de sus más íntimos amigos, el suizo Michele Besso: "He aquí que (Michele) ahora nuevamente me ha precedido un poco al abandonar este mundo extraño. Esto no significa nada. Para nosotros, físicos creyentes, esta separación entre pasado, presente y porvenir, no tiene más que el valor de una ilusión, por persistente que ésta sea."

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