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Nuevos centros de ciudad




TOMADO DE LA REVISTA LA HOJA - DE MEDELLÍN

Hoy los centros comerciales son protagonistas de la planeación urbana. Una mirada a esos espacios privados que se convierten en núcleos de integración y encuentro también en lo público

Por Juan Fernando Rojas

Toda una familia disfruta un helado sentados en las bancas de una plazoleta. Una fuente de agua a sus espaldas rodeada por varios arbustos da una atmósfera natural al encuentro. Entre tanto, gente pasa de un lado para otro, algunos se saludan, otros se detienen ante algo que les llamó la atención. A unos pasos un señor lee la prensa y otro muchacho aguarda ansioso a alguien.
Esta imagen cabría perfectamente en una tradicional plaza cualquiera, pero no, se trata de una escena de domingo que se repite simultáneamente en varios centros comerciales de Medellín. También es la confirmación de que los sitios de encuentro, recreación y ocio cada vez están menos ligados al transcurrir de la vida de la calle y la plaza como núcleo de las actividades urbanas que, en últimas, terminaban configurando la imagen del centro de la ciudad.
Asistimos a la transformación vertiginosa de una ciudad que se consolida como capital de servicios y comercio. Una Medellín cada vez más volcada a espacios privados de consumo donde se concentran diversos puntos de venta en amplias, cómodas y agradables locaciones. Allí se encuentra «lo último», «el mejor estilo», «la mayor diversión» y todo tipo de ofertas bajo la premisa de un ambiente seguro y aséptico, acorde con el ritmo de vida que imponen las nuevas formas de trabajo, sin ir muy lejos, «pensado sólo en usted».

A esa tendencia de concentración se suma otra de fragmentación del consumo para llegar a segmentos más particulares de población. Aparecen así pasajes, malls, paseos, todos espacios comerciales que se insertan en los tránsitos de las personas de zonas específicas. Son como calles peatonales cubiertas, donde con una clara comprensión de la psicología del consumidor se le brindan los satisfactores para sus necesidades.
Toda esa oferta de bienestar y usos contrasta con la hostilidad y anonimato del espacio público, “despiertan en el visitante la nostalgia por la calle tradicional… en su interior el hombre encuentra la unidad perdida entre él y la ciudad, entre la ciudad y la naturaleza, entre la ciudad y la comunidad”, comenta el profesor de semiología de la Universidad Pontificia Bolivariana, Federico Medina.
De esa manera pasamos de una ciudad convergente a una ciudad dispersa sometida a flujos mayores de inmigración, que entre otras razones van consolidando múltiples centros, centralidades como les dicen los urbanistas. Es el tiempo donde se pierden las fronteras físicas y culturales entre barrios y municipalidades vecinas.



La capacidad de comprensión del ciudadano es superada por las dimensiones de la urbe y por eso -como dice la doctora en urbanismo de la Universidad Nacional, Silvia Arango- “se crea una imagen fragmentada de ciudad, una ciudad personal, señalada por referencias de ubicación propia según los recorridos, usos y significaciones que se otorguen a determinados lugares”.
Al tiempo que en la ciudad pierden uso los espacios públicos tradicionales, aparecen nuevos hábitos ligados al consumo: ya no se trata de simplemente de adquirir un producto, sino de insertarse en todo un dispositivo donde la compra se convierte en diversión, paseo familiar y los centros comerciales aparecen como oasis de recreo: “son una maqueta climatizada de un fragmento de ciudad, con calles, plazas y zonas verdes. Son palacios modernos pletóricos (…) se ven como el espejismo de una iglesia que, en lugar de campanarios y cúpulas, luce sus tubos de neón”, agrega Medina.
De hecho, los espacios comerciales reafirman su vocación de centros urbanos al trasladar actividades propias de la ciudad como las ferias artesanales, las retretas con las bandas de parque, las ceremonias religiosas, las reuniones familiares.

“Reconociendo -propone el urbanista Luis Fernando Arbeláez-la presencia de los centros comerciales y la imagen, posicionamiento y vitalidad que han logrando entre ciertos sectores de la ciudadanía, su existencia y sus funciones deben ser utilizadas como proyectos ancla, nucleadores”.
En ese sentido, la centralidad se entiende no simplemente como punto de encuentro, sino como la acción que ejerce una estructura urbana sobre su periferia, y está determinada por su poder de atracción (con servicios, amenidades, comercio), difusión en el entorno y facilidad de acceso.
De ahí, agrega Arbeláez, que ahora el reto para consolidar esas centralidades no debe apuntar a generar espacios cerrados, infranqueables, sino que tengan alta permeabilidad hasta el punto que se conviertan en membranas entre lo público y lo privado.
Para eso es necesario que no solo tengan accesos vehiculares y peatonales, sino que estén conectados entre sí por medio de amoblamientos en el espacio público como parques lineales e intervenciones viales que faciliten la movilidad entre ellos, que “no sean burbujas o cápsulas, sino nodos de toda una red, eso ayudaría a recuperar zonas muertas de tránsito en Medellín, no se puede pensar cada centro comercial solo, sino como parte de una ciudad policéntrica donde buscan integrarse comunidades”, sugiere Arbeláez.




Dos ejemplos en ese sentido resultan reveladores. Uno es el de París donde el Ministerio del Equipamiento, Transporte y Vivienda de Francia de mano de las autoridades responsables de la planeación local identifican en sus propuestas de ordenamiento a largo plazo a los centros comerciales e hipermercados. Son interpretados según su jerarquía e incidencia en el territorio, para la construcción de corredores viales, fortalecimiento de actividades específicas en algunas zonas de la ciudad, articulación a sistemas de transporte, entre otros fines integradores.
El otro caso, es más espontáneo pero sirve de experimento inicial en Medellín. El sector de Guayaquil se ha desarrollado bajo el esquema de pasajes comerciales que están interconectados entre sí. Si bien, no cuentan con todas las facilidades de tránsito por la alta densidad de locales y puestos de venta, tienen muchos accesos que facilitan los recorridos por espacios privados entre diferentes zonas públicas.




“Ese fenómeno -comenta Arbeláez- dista mucho de lo que han pretendido otros proyectos comerciales donde si bien es fácil entrar, no es sencillo salir. Fíjese en los resultados de los malls ubicados en puntos estratégicos donde prácticamente las calles son los corredores naturales. Eso asegura no solo un mayor flujo de compradores, sino que no concentran toda la oferta en un solo lugar ni ponen en riesgo la movilidad en sus alrededores. Ése es el pecado de otros espacios comerciales que, en últimas, hace cambiar la elección de compra o de diversión del visitante”.
Comprender los centros comerciales como los nuevos centros de ciudad, toma relevancia, justo ahora que solo en Guayaquil se desarrollan diez nuevos proyectos comerciales, de diferentes dimensiones y vocaciones. Eso sin contar la construcción de otros nueve en grandes superficies localizados en zonas estratégicas para el ordenamiento urbano del área metropolitana.

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